viernes, 7 de diciembre de 2007

ser...


Somos nuestro más íntimo desconocido.
Somos esa sombra íntima que intuimos.
La sombra de nuestro lado oscuro.
La cara oculta de nuestra careta.
Ese querido desconocido que es capaz de lo mejor y de lo peor, de lo increíble y de lo predecible, capaz de lo que admiramos y de lo que inevitablemente detestamos.
Somos ese extraño que llevamos dentro y tememos saber de él.
Ese que preferimos no encontrar en el ascensor, ese con el que evitamos toparnos en un callejón, pero ese mismo que nos acompaña entusiasmado contemplando un amanecer o abrazando a nuestro amor.
El extraño que confiamos en que no aparezca en los mejores momentos,
y que deseamos que nos rescate cuando todo anda mal.
Somos... eso que ignoramos que somos...
Y quien dice conocerse es porque prefiere no saber más,
no saberse, prefiere no indagar y no hacerse preguntas,
prefiere no bucear en la oscuridad;
y finalmente esperamos y buscamos que los demás nos descubran nuestros porqués,
que nos excaven en nuestro interior y que saquen de allí lo que puedan encontrar,
que nos hagan de espejo y nos muestren lo que no nos vemos,
que nos muestren la espalda de nuestra conciencia,
la nuca de nuestros motivos, que nos resuelvan el problema de nuestras dudas,
que despejen nuestras incógnitas de la ecuación que no entendemos,
y que revuelvan en nuestro cubo de la basura,
ese del que nos da miedo, y a veces asco, levantar la tapa...
o nos recojan las más bellas flores del jardín de nuestros sentimientos.
Pero, al fin y al cabo, somos todo lo que somos.
Somos todo eso que nos preguntamos sin respuesta.
Somos lo que nos sorprende.
Somos nuestra mentira mejor dicha,
nuestra verdad más callada.
Somos hasta lo que nosotros mismos desconocemos que somos.
Somos nuestro mejor secreto.
Nuestro secreto mejor guardado...
Somos el secreto que somos.

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