sábado, 23 de octubre de 2010

Para no llamarte




Para no llamarte ahogo mi voz en el sonido de las conversaciones cotidianas, la convierto en palabras que no tienen nada que ver con lo que verdaderamente pienso. La hago decir que el calor, que la humedad, que los trenes que no llegan a horario, que este verano se usa muchos el verde seco, que tengo que leer el último libro de Vargas Llosa.
Para no llamarte.
Para no llamarte me muerdo los labios, aprieto los puños.
Trato de olvidarme de tu nombre porque tengo miedo de gritarlo en sueños y que el aire lo lleve a tus oídos y vos, al escucharlo, te sonrías pensando que aún te quiero.
No debes saberlo.
Tenés que creer que ya te he alejado de mis sentimientos, que ya no ocupas ningún lugar en mí, que no fuiste más importante que lo que yo fui para vos.
Tenés que creer que fuiste un momento, una chispa fugaz, una estrella errante.
Para borrarte de mi camino por las calles que transitamos voy a los lugares donde estuvimos juntos y digo despacito que nunca exististe, que nunca estuve allí con vos, que solamente fuiste un invento de mi imaginación.
Para borrarte de mí me quedo largo tiempo sumergida en el agua. Me froto con perfumes que no se parecen a tu olor. Me quedo parada en el viento, me restrego los ojos para arrancarles tu imagen.
Pero todo es inútil.
Es inútil que repita en voz alta que te odio.
Es inútil que grite que no tengo que amarte.
Te has fundido en mi piel.
Te has enredado en mis raíces y ahora crecés conmigo.
Sos como un injerto en una planta: lo que florezca en mí llevará tu marca para siempre.
Tendría que morirme, que secarme a un constado del camino, para que murieras, para que te borraras, para que no estuvieras.
Y es en mi empeño por olvidarte, donde te encuentro.
Y es en mi empeño por matarte, donde revivís.
Y es en mi desesperación por no llamarte donde brota tu nombre, se sube a mi garganta, me quema la saliva, pone brío en mi voz y se multiplica en el eco del aire para desparramarse hacia los cuatro puntos cardinales.
No te tengo y me tenés.
Estás lejos, pero podes tocarme.
Mi tristeza te inventa, mi sed te corporiza.
Cuando no puedo más, cuando todo es un desierto a mi alrededor, te vuelvo manantial de limpias aguas y mojo allí mis labios y mi frente.
Cuando no puedo más y todo a mi alrededor es un mar congelado, te vuelvo sol y giro bajo tus tibios rayos.
Cuando no puedo más, cuando todas mis fuerzas se van haciendo añicos, cuando todo el valor se va agotando, me arrojo a los recuerdos, cierro los ojos, vivo para adentro los momentos felices del pasado, vuelvo a encontrarte en el banco de una plaza, me estrechas en tus brazos, arrancas una flor amarilla de una verja y la prendes de mi pelo mientras nuestras risas se enredan en las alas de los ángeles de la tarde que juegan con nuestras palabras, se las dan a picotear a los gorriones, las esconden entre las hojas de los árboles y nos las devuelven llenas de luz...
Pero después, al fin, hay un punto de sombra donde todas las risas se apagan, y los ángeles huyen despavoridos y las palabras se ennegrecen y caen a nuestros pies como pájaros muertos.
Es la hora del adiós.
Es tu despedida
Es cuando me decís que no estás seguro de nada, que lo nuestro..., que tal vez..., que es mejor separarnos por un tiempo... que...
Es cuando yo te digo: “ ¿Y ahora qué hago con todo este amor?. Y te encoges de hombros murmurando:
“Perdón” .
Te vas sin volver la cabeza.
Y me dejes sola con esa pregunta.
Voy a gritar tu nombre, pero callo.
No, no puedo llamarte.
¿Para qué?
Si no me amás no tiene sentido. Nada tiene sentido.
Y así me hundo, emerjo, me lastimo, me ahogo, pero no te llamo.
No te llamo porque no debes saber que aún te amo.
No, no debés saberlo.

Poldy Bird

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